22 de abril de 2019

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Argentina: La deuda de las empresas

El empresario Marcelo Figueiras hace un repaso por los ejes económicos que marcaron los últimos 30 años y pide continuar el camino del crecimiento sostenido y el fomento a la industria nacional abierto en la década K. Destaca el crecimiento de la responsabilidad social empresaria, pero apunta a una cuenta pendiente del sector: las multinacionales argentinas.

En coincidencia con la vuelta a la democracia del año 1983, comencé mi carrera universitaria en Ciencias Económicas de la UBA y, al mismo tiempo, mi carrera laboral. Soy parte de una generación que tuvo el privilegio de formarse intelectual y profesionalmente en democracia siendo muy consciente de lo que eso significaba, ya que todo era muy reciente y teníamos grabada en nuestra memoria lo que había sido la dictadura en la Argentina.

Hoy como empresario puedo afirmar que la democracia es la herramienta más efectiva para que una sociedad se desarrolle plenamente. Es sin duda la mejor forma de gobierno para que todos los ciudadanos que la integran vivan en libertad, tengan expectativas y esperanzas de progreso y logren una mejor calidad de vida. Y como empresario dedicado al rubro de los medicamentos, nuestra actividad implica precisamente eso, intentar y tener como objetivo responsable que las personas vivan mejor.

La legitimidad de las instituciones que conforman la democracia insinúa claramente una promesa de que las personas logren su mayor potencial en la sociedad y para un empresario no existe una mejor alternativa que la de poder competir libremente en un mercado en el que el Estado fije, establezca y arbitre las reglas de esas prácticas.

Confianza en las instituciones
Durante la campaña electoral de 1983, la figura de Raúl Alfonsín fue símbolo de la democracia y encarnó la esperanza de muchos.
Alfonsín representó la transición democrática e intentó recuperar la confianza de los ciudadanos en las instituciones. Esos años fueron un gran desafío para todos los argentinos porque significaban salir de una etapa para aprender a vivir y desarrollarnos con mayor participación y libertad.

El mayor foco de conflicto económico y político que día a día afectó nuestro desarrollo empresarial fueron los constantes reclamos y las presiones de los sindicatos, y la volatilidad cambiaria y la inflación que desembocaron en el proceso hiperinflacionario que aceleró la crisis social y económica. Eso no impidió que Alfonsín haya sentado las bases de la defensa de las instituciones, de la Constitución y sobre todo de nuestra joven democracia. Aunque, a mi criterio, cometió un error histórico al participar en el pacto de Olivos que habilitó los intentos reeleccionarios que provocaron las sucesivas crisis económicas por el estiramiento de medidas que siendo exitosas en la coyuntura, cayeron en desgracia debido a la carencia de alternancia y el no florecimiento de nuevas ideas.

La llegada de Carlos Menem a la Presidencia produjo un cambio de paradigma político y económico. La apertura del mercado, las relaciones bilaterales con los EE.UU., el consenso de Washington como hoja de ruta, la flexibilización laboral, entre otras medidas, llegaron para quedarse durante sus diez años de mandato.
Se avanzó en las privatizaciones de las empresas de servicios públicos. En ese momento el eslogan “achicar el Estado para agrandar la Nación” resultó muy atractivo para políticos, dirigentes y empresarios.

En los medios de comunicación se enfatizaba y transmitía, que no se podían manejar las empresas de servicios públicos desde el Estado porque eran estructuras elefantiásicas y deficitarias. Eran otras épocas, hubo privatizaciones que se hicieron bien y otras que nunca se deberían haber hecho. YPF, Aerolíneas Argentinas, entre estas últimas.
El proceso de globalización que se consolidó en todo el mundo durante esos años despertaba algunas dudas. El consenso de la época era pensar que todo lo que venía de afuera era bueno y que todo lo que se producía en el país era de baja calidad. Idea ya transmitida desde la dictadura.

Así es que en poco tiempo fuimos invadidos por productos extranjeros a muy bajo costo pero de pésima calidad. Esas inconsistencias entre lo discursivo y la realidad generaron cierto rechazo en parte de la dirigencia empresarial porque se observaba que los grandes países desarrollados eran liberales de sus fronteras hacia afuera pero eran fuertemente proteccionistas de sus mercados internos. Muchas fábricas cerraron sus puertas por la apertura indiscriminada.

Los años 90 también estuvieron marcados por el plan de convertibilidad. Su ideólogo, Domingo Cavallo, diseñó esa herramienta para contener los desajustes económicos y la pobreza generalizada que produjo la hiperinflación. La convertibilidad estabilizó económica y políticamente al país en el corto plazo pero lo que sucedió con ese plan en términos estructurales fue algo característico de la historia de nuestro país.

Un retoceso económico y social
El gobierno de Menem estuvo marcado por crisis externas y por inconvenientes de gestión. La crisis del Tequila en 1994-95 fue un gran cimbronazo y el mayor problema fue que nuestra política económica estaba atada por demás a lo que sucedía en otros países.

La crisis nos golpeó muy duro porque, entre otras cosas, se cortó la cadena de pagos. Algo similar sucedió con la crisis asiática, con la rusa y con la devaluación de Brasil. Logramos salir pero el gran costo para el país y para la mayoría de las empresas e industrias argentinas fue la caída del empleo formal y un retroceso en términos de crecimiento económico y desarrollo social.

Durante esos años se hicieron importantes inversiones en infraestructura que lograron modernizar el país pero se hizo con un costo social inaceptable. La herencia de los ’90 fue muy costosa: un marcado aumento del desempleo, un país endeudado, en recesión y con una desventaja comparativa en materia de competitividad con los países vecinos.
En un intento de balance de esas dos décadas, diría que en los ’80 se hizo hincapié en los aspectos político e institucional debido a que recién estábamos entrando en el proceso de recuperación de la democracia. Los ’90, en cambio, estuvieron marcados por la corriente de pensamiento neoliberal, que dejó algunas cosas buenas y otras que ocasionaron grandes dificultades, como el descuido de la industria local y la destrucción de la cultura del trabajo.

Luego llegó el gobierno de la Alianza, que adoptó medidas económicas prestadas del periodo anterior. Necesitábamos una conducción económica renovada que nunca tuvimos. La crisis de 2001-2002 fue la más grande de nuestra historia. Todas las medidas que se aplicaron durante esta transición fueron perjudiciales para el país.

El crecimiento sostenido
Para salir de esa crisis, no había otra alternativa que emprender el camino hacia el crecimiento económico sostenido y un gran impulso a la industria nacional. El gobierno de Néstor Kirchner fijó esas pautas y gran parte del empresariado argentino las acompañó.

En esa etapa la economía se concentró en la producción local de bienes y servicios, en el desarrollo y el fortalecimiento del mercado interno, en dejar de ser un país exclusivamente agroexportador a incorporar valor agregado en todos los procesos de producción. Se revalorizaron la ciencia y la tecnología. Muchos ciudadanos que estaban excluidos del sistema se fueron integrando y volvieron a tener trabajo.

Sin embargo, en los últimos dos años ha habido problemas económicos provocados por medidas cortoplacistas que han generado desconfianza en algunos sectores. Es indudable que esto afecta el desempaño económico del país y que ha generado una cierta parálisis.

Pero si miramos la película completa, la historia reciente ha sido sumamente positiva. Creo que la visión y la dirección hacia dónde vamos son correctas. La idea de industrializar el país sin cerrar sus fronteras es el proyecto político que deberían llevar adelante las nuevas generaciones de gobernantes. Estoy convencido de que la Argentina tiene que ser un país exportador de bienes agropecuarios pero también debe exportar productos agroindustriales e industriales, y no conformarse con lo que las grandes potencias económicas designen que nos toca en el reparto económico mundial.

Tenemos una democracia muy joven todavía pero todos los indicadores han mejorado.
El desafío de la Argentina es evitar los movimientos pendulares.

Responsabilidad empresaria
Como parte de la clase empresarial argentina que apuesta e invierte en el país, veo que existe un nuevo fenómeno en crecimiento que nos involucra activamente, la Responsabilidad Social Empresarial. Hoy no podemos pensar en obtener ganancias sin tener un compromiso social con nuestro entorno, con el medio ambiente, con la localidad en la que operan nuestras fábricas. Los empresarios hemos tomado más conciencia y estamos dejando atrás la filantropía por un concepto más integrador y comprometido.
Como empresarios tenemos la responsabilidad de seguir fomentando las buenas prácticas respetando los derechos de los trabajadores y protegiendo nuestros recursos naturales.

Particularmente no podré sentirme pleno como empresario en una sociedad en la que todavía exista el hambre y la necesidad y debemos luchar día a día contra ese flagelo. Á‰se es nuestro verdadero aporte a la democracia.

Debemos empezar a construir las multinacionales-nacionales. Á‰sta es una deuda del sector empresarial de los últimos 30 años y una cuenta pendiente realizable para todos los empresarios nacionales comprometidos con el futuro de nuestra nación.

¡Celebro y agradezco vivir en democracia!

Por Marcelo Figueiras Presidente de Laboratorios Richmond

Fuente: elcronista.com

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